Gabriel Vargas

Escrito por en Febrero 1, 2010

Gabriel Vargas Bernal es considerado como uno de los sociólogos contemporáneos más importantes del mundo por retratar fielmente la vida urbana de México por casi 70 años y hoy pasa a formar parte del nuestro archivo de Hidalguenses Ilustres.

En algunos lados dicen que nació un 5 de febrero, en otros que el 24 de marzo, también se mezclan los años al cambiar de 1915 a 1918, pero su esposa afirma fué en 1915, de lo que si confirman todos es que este señor nació en Tulanchismes y que justo a los 4 años, a la muerte de su padre, su madre agarró sus chivas y a sus 12 hijos y se los llevó al Distrito Federal en busca de mejores oportunidades.

Con los ahorros que dejó el difunto, con los que habían pensado mandarlos a estudiar al extranjero, la mujer compró una tienda de abarrotes e instaló a la familia por la calle de Moneda. El negocio ayudó a sostener a la numerosa prole durante algunos años, pero al cabo dejó de ser rentable y la mujer, que era animosa, optó por venderlo y aceptar trabajo como obrera en una empresa fabricante de productos médicos.

Antes de cumplir los 12 años, Gabriel, todo un niño precóz, se ganó la simpatía de todos los habitantes del barrio por su habilidad en el dibujo. A la secundaria Vargas sólo asistió unos días, pues había logrado hacerse amigo del jefe de los talleres de dibujo de la SEP, Juan Olaguíbel, quien le permitía pasar la mañana ahí, armado de papel y lápiz, dando rienda a la imaginación.

Una mañana, Vargas imaginó cómo debió ser la construcción de la catedral metropolitana, y mostró el dibujo resultante al jefe de los talleres. Éste lo instó a mostrar el dibujo al secretario de Educación. Sin vacilar, el chico se dirigió a las oficinas del alto funcionario. Al cruzar el patio, vio que un hombre descendía de un lujoso automóvil; Vargas creyó que se trataba del secretario, y lo abordó.

El caballero, quien resultó ser el doctor Alfonso Pruneda, miró el dibujo y sonrió, gratamente sorprendido. Pidió a Vargas que fuera a verlo a su despacho al día siguiente, acompañado por un adulto, para hablar sobre la educación de tan ingenioso dibujante. Feliz, Vargas corrió a su casa, dispuesto a sorprender con la noticia a su madre, y tocó varias veces la puerta, sin que nadie atendiera a su llamado. Al cabo, uno de sus hermanos se asomó por la ventana y le comunicó que por órdenes de su madre el joven no entraría “ni siquiera a dormir”, pues habían avisado de la escuela que iban a suspenderlo debido a sus constantes faltas.

En otras circunstancias, Vargas habría escapado hasta que amainara la tormenta, pero en aquella ocasión porfió en su empeño de entrar a la casa y hablar con la madre. Al final, lo dejaron entrar, pero no le creyeron una palabra, aduciendo que el muchacho había inventado la historia para librarse del regaño.

Al día siguiente, el dibujante se presentó solo en las oficinas de Pruneda. El funcionario escribió un mensaje dirigido a la madre para rogarle que acudiera a verlo y, la mujer, sin entender bien de qué se trataba, aceptó al fin acompañar al hijo. Pruneda habló con entusiasmo del talento del dibujante y propuso enviarlo como becario a estudiar pintura y dibujo en Francia. La señora aceptó emocionada, pero Vargas, que después de todo era buen hijo, para no separarse de su madre rehusó la beca y pidió, en cambio, que le consiguieran empleo como dibujante en el Excélsior.

De esta forma, a los 13 años de edad, Gabriel Vargas ingresó al periódico ganando 3 pesos semanarios y realizando ilustraciones para diversos suplementos. Su jefe inmediato, Mariano Martínez, comprendió que el joven tenía futuro y no permitió que se le separara. Lo dirigió paso a paso y terminó por convertirse en un segundo padre.

Al poco tiempo la editorial Panamericana, del legendario coronel José García Valseca, convocó a un concurso de dibujantes para localizar y contratar a los mejores del país. Vargas sabía que la pugna sería reñida pues, entre otros, participarían Rafael Freyre, Alfredo Valdez y el propio Mariano Martínez, pero como el primer lugar ganaría la estratosférica suma de 10 mil pesos, decidió inscribirse y enviar un dibujo. Para sorpresa suya, ganó, y García Valseca le ofreció empleo: 1,000 pesos a la semana, a cambio de crear una historieta. Apenas tenía 16 años y se convirtióJefe del Departamento de dibujo de ese diario.

Por aquel tiempo Germán Butze había cobrado fama al crear Los Supersabios y Vargas ideó crearle una contraparte, a la que tituló Los Superlocos, cuyo personaje principal, Filemón Metralla, era un vivales inclinado a abusar de los débiles e ignorantes.

Aunque la historieta tuvo éxito, Vargas sólo alcanzó la consagración 10 años más tarde, cuando el humorista León Ferrari (quien realizaba en México una versión de la historieta cubana Anita de Montemar) le apostó 10 mil pesos arguyendo que el dibujante no podría crear un personaje femenino con las características del personaje principal de Los Superlocos. Vargas aceptó el desafío y salió a recorrer las calles de la ciudad, en busca de inspiración. Visitó vecindades, cabarets, mercados, cantinas y pulquerías. Así creó La Familia Burrón, formada por un peluquero honrado y trabajador (copia exacta de un amigo del autor), una mujer voluntariosa y entrometida quien, a pesar de vivir en la pobreza, pretendía actuar como aristócrata (personaje inspirado en la madre de otro amigo), y 2 hijos adolescentes que padecen las inquietudes propias de su edad y condición social (basados en experiencias propias del joven dibujante).

En 1937 se publicó el primer número de La familia Burrón, con el capítulo “Vida de perro”, con el que Vargas dio vida a una de las tiras cómicas más importantes del país por la crítica humorística que hace sobre la sociedad mexicana. La Familia Burrón alcanzó un éxito clamoroso: 500,000 ejemplares cada semana durante muchos años.

Los Burrón y los 53 personajes que fueron surgiendo posteriormente “para no cansar al lector”, transitaron por los escenarios grabados en la memoria de Vargas: las vecindades con macetas y pollos en los patios, las paredes llenas de agujeros, las calles habitadas por perros y boleros, los billares de mala muerte, los camiones atestados, los mercados con sus precios al alza, los parques con sus pobres a la baja; un mundo donde el último consuelo es reírse de la desesperanza.

Observación, ingenio, talento, ironía y, sobre todo, buen humor, son los elementos que el nonagenario ha utilizado a lo largo de casi 70 años para presentar cada martes esta tradicional revista cuya colección completa es exhibida en un museo de Florencia, Italia, sin contar con la cátedra sobre la sociedad mexicana que a partir de ella se imparte en la Universidad de la Sorbona, en París.

Hoy -en realidad hace un par de años-, con una embolia a causa de trabajo excesivo trabajo diario durante décadas, don Gabriel Vargas dice: ““Mi vida siempre ha sido buena. Desde que soy yo me he dedicado a trabajar con cierto éxito. Nunca he fracasado en lo que hago, por eso puedo decir que mi vida ha sido buena. Desde que comencé a trabajar siempre me han empleado muchas personas porque aprecian mi trabajo””.

Su obra ha sido también tema de inspiración para escritores, analistas, sociólogos, coleccionistas, humoristas y caricaturistas, quienes han escrito numerosos libros sobre el monero y sus personajes. En internet existen alrededor de 14 mil páginas donde se aborda el tema o al menos se menciona a La familia Burrón, que, a decir de Vargas, le dio ese nombre debido a que los mexicanos cuentan con largas jornadas laborales, es decir “trabajan como burro”.

Fuentes: Acá y acá